Plantes i humans
Plantes i humans

Mi biografía

Yo en el bosque en Ibiza (foto: Andrew Burns)

Crecí en la hermosa Selva Negra, en Alemania, donde siempre he tenido una buena relación con la naturaleza, en gran parte una naturaleza formada por humanos. Mis pa­dres ya de pequeño me iniciaron a caminar mucho, y cada vez más.

Al terminar el colegio, tuve que tomar decisiones sobre qué hacer con mi vida… No podía ser depor­tista: en las clases de deporte siempre había sido el peor alumno. Tampoco podía hacerme músico (y si me has escuchado cantar en algún escenario, sa­brás por qué).

Mi padre me inició en la botánica, la astronomía y la técnica. Él era profesor ingeniero, y uno de los pioneros en dar clases sobre energía solar, así que muchos empresarios en ese ámbito han sido formados por él. De él aprendí mucho de lógica y ordenadores; yo le escribía algunos programas en su ordenador. Entonces, ¿algo de eso como profe­sión? Mi profesora de matemáticas del instituto que­ría que estudiara esa materia. Lo que pasa es que, en aquel entonces, me interesaban más las teorías de los grandes anarquistas, que algo que me con­virtiese en elitista. Si lo hubiese hecho, quizás aho­ra estaría en alguna alta posición de renombre in­terna­cional, ya que puedo perderme en las mate­máticas olvidándome de todos mis alrededores; eso me habría hecho insensible hacia el resto del mun­do. Me habría perdido los aspectos más bonitos de la vida. Y nunca habría llegado a Ibiza...

Acabé trabajando varios años de… ¡espera!, eso te lo diré más tarde.

Estudié en Friburgo de Brisgovia Biología, Geografía y Etnología. Me es­pecialicé en Geobotánica, Ecología, Etnología agro­pecuaria y Ecología cultural. Y por supuesto Etnobotánica.

En aquel tiempo, a menudo caminaba los 40 km hasta la casa de mis padres por paisajes estupen­dos, po­cas veces acompañado por otras personas, siem­pre acompañado por mucha naturaleza. Y la univer­sidad me contrataba para guiar caminatas geobotá­nicas.

Después de estudiar, hice una cosa fascinante que rompe con todos los estereotipos sobre lo que suele hacer un académico: fui a una granja en los Al­pes suizos, viví en una romántica casita sin luz eléctrica en un paisaje estupendo, y trabajé con ga­nado bo­vino y caprino. ¿Qué te da más conexión con la Bio­logía que cuidar animales en plena natu­raleza? ¿Qué te da más conexión con la Geografía que ca­minar por la Tierra? ¿Qué te da más cone­xión con la Etno­logía que participar en la vida de la gente lo­cal? Se me despertaban recuerdos sobre la química del colegio cada vez que medíamos la acidez de los cultivos de bacterias para elaborar queso, utilizando la re­acción con fenolfta­leína. Pasé dos veranos allí, con gente muy bonita. Lo que más me costó fueron las despedidas y enten­der que había una vida después del verano alpino; me sentía tan en casa con la na­turaleza, las cabras y la sencillez… Allí aprendí a hacer queso de cabra pro­fesionalmente. Como el só­tano tenía un micro­clima excelente y un chico me lo enseñó muy bien, el queso fue un gran éxito.

Pero, ¿yo en los Alpes, con mi vértigo patológico que me paralizaba? ¡Sí! Me enfrenté, y ya en el pri­mer verano quedé sanado de ese sufrimiento.

Y ahora te confieso que antes de estudiar, trabajé unos años en la agricultura ecológica. Cuando esta­ba estudiando, en mis charlas y excursiones, a me­nudo hacía hincapié en la agricultura y ganade­ría. Hicimos una excursión uni­versitaria al Macizo Cen­tral de Francia, y visitamos una cueva donde se ma­duraba queso roquefort. Durante mi época de estu­diante, viajé a Ecuador (ida y vuelta en barco car­guero), donde colaboré en la agricultu­ra y ga­nade­ría en una comunidad indígena (de idio­ma qui­chua). Un compañero me enseñó a arar con yunta de bueyes. Después escribí mi tesis sobre la gana­de­ría andina.

Estoy convencido: mi profesora de Geobotánica en la universidad debe parte de su sabiduría a un cur­so práctico agrícola al que asistió.

Seguí con trabajos parecidos en los veranos si­guientes. Conocí muchos trabajos diferentes, mu­cha gente de todo tipo (incluso tuve como jefe un cam­pesino muy divertido, que conocía mucho mejor que yo las obras clásicas anarquistas), y muchos productos de primera calidad. A veces (¡sorpren­dentemente no siempre!) la convivencia era un reto. Dos inun­daciones espectaculares me mostra­ron las fuerzas de la naturaleza y los límites del po­der humano, algo que me tranquiliza.

No se lo digas a los sindicalistas: muchas veces tra­bajaba 90 horas a la semana. Y eso con cabras es un trabajo exigente, un desafío, y precisamente por eso, satisfactorio. Uno de aquellos veranos perdí mi flauta metálica de Irlanda, me lamenté en varias cartas, y al poco tiempo tenía tres flautas. Así son las chicas.

Incluyo mis experiencias con la agricultura y gana­de­ría en mis publicaciones. Después de varios ve­ra­nos de trabajo en área romanche (un idioma mi­nori­tario influenciado bastante por el alemán), es­cribí una guía de conversación de ese idioma, que por lo ge­neral está presente en las grandes librerías de Ale­mania, actualmente en su tercera impresión.

Un libro mío

A menudo reseño libros (p. ej. un gran elogio sobre un libro de una joven activista que vive sus ideales en el día a día, una crítica despiadada sobre un li­bro de un catedrático de biología que desprende información falsa a favor de la ingeniería genética).

Di clases de repaso, y me daba mucha satisfac­ción ver que los alumnos supuestamente menos do­tados resultaban muy interesados, y aprendían con ale­gría (como yo mismo aprendo idiomas con ale­gría, sin tampoco tener un don).

Trabajé en una huerta ecológica cerca de Fribur­go con un jefe muy agradable, que aun después de un granizo devastador, se quedó con buen humor.

Durante muchos años fui voluntario en el grupo re­gional de la ONG medioambiental BUND (la sec­ción alemana de Amigos de la Tierra), un grupo muy ac­tivo que a veces me invitaba a dar charlas. Cui­dá­bamos biotopos, ayudábamos a sapos en sus mi­graciones, participaba en la elección del personal e incluso fui yo líder de un subgrupo. Para evitar malentendidos: no es un grupo que denuncie a los políticos por no solucionar problemas, sino que tra­baja en dichas soluciones él mismo.

Yo tenía una habitación llena de tras­tos, un gran or­denador y muchos libros. Al mudar­me a Ibi­za, rega­lé gran parte de mis pertenencias para es­tar más li­bre. ¡Qué desapego, qué alivio! Sa­lí de una élite culta hacia una humanidad más hete­rogénea.

Yo en la bicicleta (foto: Alfredo Roig)

Es mucho lo que dejé atrás. Y me encontré: nuevos amigos, la cercanía del mar, una vida agradable­mente sencilla en la naturaleza isleña… La vida que llevo ahora es menos cómoda, menos fácil, sin du­da, y más aventurera. Tengo más retos. Tengo que hablar idiomas extranjeros: un gran enriqueci­mien­to. Y así hago traducciones para otra gen­te.

Pero, ¿yo al lado del mar, con tanto miedo como para no atreverme a bucear de apnea? ¡Sí! Me en­frenté y el miedo se convirtió en una obsesión. Mientras tanto incluso tengo un carnet de buzo.

Ayudé a un amigo a montar una granja eco­lógica, y viví en un castillo sencillo en la naturaleza con cabras, gallinas y otra gente. En Ibiza a mu­cha gente le irrita que yo como persona culta lleve un estilo de vida tan sencillo. Les molesta que no que­pa en sus estereotipos. Pero... si llevo mi rique­za dentro, ¿para qué tantos trastos? Por vivir en la naturaleza no dejo de ser un hombre con clase.

Por supuesto, sigo escribiendo para revistas. Por ejemplo, cuando en Ibiza me encontré enfrentado superficialmente con el tema de los coches eléc­tricos, me informé de varias fuentes y escribí artícu­los para revistas técnicas de medio ambiente.

Soy socio de la Cooperativa Integral d'Eivissa, reparo bicilcetas para otros y guío excursiones botánicas.

También soy socio de la Asociación Juntos en Ibiza, hago la redacción de la editorial de esa asociación, así contribuí considerablemente al libro "36 Semillas de Luz", el bestseller de Ibiza del año 2013.

Gereon Janzing

Nuestras cabras en Ibiza